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Hemos llegado a nuestro meta. Lo primero que llama
nuestra atención es el buen estado de conservación
del lugar. Pocos segundos después nos asombra su belleza
extrema. Nos topamos casi sin querer con el magnífico Teatro
Romano de esbeltas columnas y completas instalaciones y que
aún hoy es utilizado como centro de representaciones teatrales.
Un aforo de más de 3.500 personas disfrutó de centenares
de representaciones hace ya más de dieciocho siglos. Fuera
están las calles romanas, enlosadas y adornadas con miles
de olivos y plantas típicas del Mediterráneo. Rincones
estrechos en contraste con calles anchas y espaciosas. Casas romanas
de hermosa factura acompañan nuestro paseo. Llegamos al Templo
de Minerva y un poco más allá se yergue orgulloso
el Arco de Severo Alejandro (año
222).
Nuestra ansiosa mirada se dirige pronta hacia el
Capitolio. Obra de la familia patricia
Marcinia. Data del año 166 y destaca por su bello y perfectamente
realizado frontón y bajo relieve.
Continuamos hacia el Mausoleo
más antiguo de Dougga, anterior incluso a la ciudad pues
su origen pertenece a la civilización púnica.
Los templos de Mercurio,
Concordia y Venérea,
el Circo, el Hipódromo
y las Villas nos dejan atónitos
y expectantes ante tanta belleza. Y Dougga
sigue. Ahora nos muestra su monolitos y columnas, las
Cisternas de Ain Mizela y un sin fin de plazas empedradas
en las que hacer un receso con la mirada puesta en todo cuanto nos
rodea.
Algunos edificios presuntamente administrativos y
religiosos completan nuestra visita a una ciudad que conserva su
sabor romano y esencialmente mediterráneo, y que cuenta con
unos restos arqueológicos considerados de los de mayor importancia
en el mundo.
Tomamos rumbo de regreso hacia Túnez capital,
manteniendo en nuestro recuerdo tanta maravilla vista y tanta maravilla
disfrutada.
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