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La ubicación de los Valles de
los ríos Nansa y Saja se encuentra perfectamente definida:
la Cordillera Cantábrica al Sur y la Sierra del Escudo de Cabuérniga
al Norte. Un espacio abierto y húmedo en marcado al este por el
Valle del Besaya y al Oeste por los límites con Picos de
Europa. Bosques templados caducifólios, prados, pastizales y landas
componen un hermoso paisaje digno de ser conocido en profundidad.
Un encuadre montañoso a lo largo de dos de los colectores acuíferos
más importantes de Cantabria que tras sus bravías andanzas, se desmelenan
mansamente, en las tierras bajas del litoral, formando dunas, playas,
y marismas.
Como en otras muchas zonas de España, los ríos han marcado durante
mucho tiempo el devenir de los pueblos y las gentes que buscaban
sus riberas como asentamiento y forma rural de desarrollo. Más tarde
la creciente industrialización modifico el paisaje de estas riberas,
convirtiendo unas en centros populosos de desarrollo y condenando
otras al abandono y la marginación. Es en estas segundas donde un
renacer del sentido de conservación y amor por la naturaleza ha
permitido una correcta conservación del entorno natural que hoy
sirve de estímulo a viajeros ansiosos de formulas alternativas de
viajar. Claro ejemplo de ello son los Valles
de los ríos Saja y Nansa.
Recorrer su riberas a lo largo de poblaciones como
Los Tojos, Saja, Correpoco, Fresneda, Viaña, Renedo, Selores,
Valle de Cabuérniga, Sopeña, Lamiña, Barcenilla o Ruente, todas
ellas apegadas al Saja, o las del Nansa
comenzando en el Valle de Tudanca, que, junto a Bárcena
Mayor y Carmona, forman un verdadero conjunto histórico
artístico,y siguiendo por Santotís o Sarceda, continuando
hacia el litoral por Cosio, Rioseco; Obeso,
Puentenansa, Celis, Celucos y Riclones, Rabago, Cades,
Vielva, Camigares, Luey o Muñorrodero, antes de culminar
en la ría de Tina Menor, allá en el Val de San Vicente, puede
suponer una de las más gratificantes experiencias. Y por supuesto
no ha de faltar una siempre deseable visita a la Villa de San
Vicente de La Barquera o a la cueva de Micolón.
Rincones y lugares de encanto natural y salvaje, punto de encuentro
de artesanos de la madera haciendo albarcas y dorados adornos de
nogal. Gastronomía con nombre propio y letras mayúsculas, gentes
apacibles y hospitalarias, gargantas y peñascos, roqueros y praderías,
y siempre presente el agua, la montaña y el cielo.
Lugares muy próximos unos de otros que permiten una reposada estancia
visitando cada uno ellos y dejandose sorprender por sus maravillas
arquitectónicas, sus iglesias y palacetes, restos arqueológicos
y bellísimas panorámicas.
Son multitud la cantidad de buenas y asequibles casas rurales y
pequeños hoteles en los que alojarse. Si destacásemos uno de ellos
nos remitiríamos tal vez al situado en El Barcenal. Un conjunto
de tres casas rurales conocidas como el Molino de Bonaco.
Precisamente una de ellas, un molino de agua cuidadosamente rehabilitado
y que conserva todo su encanto original, pude servir de lugar de
descanso y estancia en nuestro periplo. Una enorme muela de piedra
es protagonista en el interior de la vivienda. Junto a ella la chimenea,
el salón y apenas separado por un curioso enrejado de madera el
dormitorio de estilo rústico. Y de nuevo el agua. En esta ocasión
al borde mismo de la cabaña, un salto de agua chapotea vigoroso
y en su postrer remanso se pierde bajo la misma casa, bajo el mismo
dormitorio, regalando constantemente con el sonido de su fluir una
melodía de permanente recuerdo.
Otoño, invierno, primavera o verano; los Valles
de los ríos Saja y Nansa permanecen abiertos y eternos a
la espera de nuevos visitantes, quienes quedarán absolutamente satisfechos
de la visita, contando los días para retornar a estos paradisíacos
lugares de Cantabria.
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