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Cuando
en Campo de Criptana aún no ha amanecido,
custodiados por un cielo oscurecido que ya comienza a dar inicio
a un nuevo día, vestidos con la ropa de faena, cientos de manchegos
esperan en las esquinas ser recogidos por los tractores para llegar
hasta las viñas; el pueblo se envuelve en un ambiente peculiar,
las calles comienzan a ser transitadas a una hora inusual. El trayecto
hasta la viña transcurre entre caminos llenos de piedras. Una vez
en la viña, el caporal, persona encargada de organizar el trabajo,
da la orden de inicio, momento específico en el que la cuadrilla
se organiza y se dispone a la recogida del fruto, asimismo es el
caporal quien estima oportuno cuando efectuar un descanso, lo que
equivale a sentadilla o culete. Excelentes momentos para reponer
fuerzas, en este caso es la hora de almorzar. Lo hacen alrededor
de una gran hoguera y en cuestión de minutos retoman la faena. Se
aproxima la segunda fase de la vendimia
que se ve interrumpida por otra sentadilla, la última hasta la hora
de la comida, momento crucial en el que los vendimiadores disfrutan
de la comida y aprovechan su tiempo libre, les hay que lo emplean
en dormir, pasear, divagar sin rumbo fijo por los parajes idílicos;
en cualquier caso el momento de retomar el trabajo se presenta especialmente
duro, ya que a esas horas de la tarde el calor hace su más fiel
aparición, con el estómago lleno y una apatía generalizada, los
vendimiadores van recobrando fuerzas y preparándose para la última
y definitiva fase del día. Momentos en los que el tiempo parece
haberse paralizado, tirar de la espuerta supone un valor añadido,
pero siempre pensando en la gratificante sensación de un trabajo
concluido, ya que el momento más especial y deseado de toda la sesión
ha llegado, la vuelta a casa encima del remolque, esta vez lleno
de uvas, tumbados sobre unas lonas y gastando bromas o tal vez mirando
las inmediaciones de Campo de Criptana
que están dotadas de infinidad de viñas y olivos. Desde lejos se
aprecia el encanto y colorido que despiertan los viñedos, hileras
perfectamente organizadas, precedidas por olivos que convierten
a la zona en un espectacular paisaje. Terminó un día de vendimia,
aunque aún faltan varias dosis de tesón y fuerza de voluntad, ingredientes
imprescindibles para amenizar el resto de la vendimia que finaliza
con una invitación para comer por parte del caporal, es lo que se
conoce como "reventón", y suele consistir en una comida típica
como caldereta -carne de cordero guisada-, pisto manchego,
gachas, migas, queso de oveja y todo ello acompañado
de un excelente vino.
Campo de Criptana abarca
multitud de historia y arte, una emblemática historia que sirvió
de inspiración a nuestro genuino y portentoso Cervantes.
Aquellos que visiten la villa no olvidarán subir hasta el Cerro
de la Paz, actualmente conocido como la sierra de los molinos,
donde es posible contemplar los espectaculares molinos de viento,
es lo que se conoce como el patrimonio artístico del pueblo. Un
cúmulo de belleza, historia y fantasía que le sirviéron de inspiración
a nuestro literato. Los molinos, enemigos inconfundibles del alocado
y ensimismado Don Quijote de la Mancha,
"Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora
Dulcinea...bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre
arremetió a todo galope de Rocinante y embistió con el primer molino
que estaba delante..."
El Sardinero, Culebro, Pilón, Lagarto, Infante o Poyatos...
son algunos de los enemigos contra los que Don Quijote arremetió
en el episodio VII de la memorable obra de Cervantes.
Los Molinos son visita
obligada aunque merece la pena pasearse por el pueblo y descubrir
edificios impregnados de arte y monumentalidad, ejemplo de ello
es el Pósito, a su vez edificios religiosos, como La Iglesia
de Nuestra Señora de la Asunción o la Ermita de Santa Ana.
Para llegar hasta tan célebres lugares lo hacemos atravesando las
típicas calles de Criptana, estrechas y empedradas, con grandes
pendientes escalonadas, arropadas por sus casas blancas con franjas
azules. |
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