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Hace 150 años que Edgar Allan Poe (1809-1849)
se reunió al fin con la muerte después de buscarla durante
cuatro décadas en el juego, la bebida y todas esas mujeres
tan perjudiciales para su salud. Acostumbrado al éxito literario
desde antes de cumplir los 20 años, el maestro del terror
y la intriga, recurrió en numerosas ocasiones al opio y al
alcohol mientras componía sus relatos. De delicada salud mental
(murió en medio de un delirium tremens), fue también un temible
crítico literario. Se casó en 1836 con una niña de trece años,
su prima, que moriría cuando Poe cumplió los 38.
Pero mientras fue paseando por el límite
-el de la locura y la razón, la belleza y el horror, la vida
y la muerte- fue dejando para los que veníamos detrás una
obra poética y narrativa de una intensidad que apasiona, aturde,
maravilla y horroriza a partes iguales. Sí es cierto que hasta
los argumentos de Poe que más asustaban a sus contemporáneos
pueden parecer ahora en la época de los excesos y la hemoglobina-
cuentos de niños. Sin embargo el terror de este escritor bostoniano
se encuentra sobre todo dentro de las almas de sus personajes,
atrapados a veces por su propia maldad o sus miedos. Si las
certeras frases y los exactos procedimientos de construcción
de Poe consiguen que nos identifiquemos con cualquiera de
ellos estamos perdidos; podemos reírnos de La matanza de Texas,
pero nunca de El gato negro, de El cuervo que nos grita Nevermore
o de La caída de la casa Usher. Descansa en paz el poeta de
Annabel Lee, querido por los lectores de su tiempo, pero no
por los críticos que le miraban con desconfianza. Si hace
un siglo sólo Charles Baudelaire que le consideraba su alma
gemela- se atrevía a llamarle genio, ahora ha alcanzado por
fin la gloria literaria, principalmente en su país de origen,
pero también en todo el mundo y con enorme fuerza en la red,
mundial y americana a partes iguales, que le dedica un incontable
número de páginas.
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