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En 1900 fallecía Oscar
Fingal O´Flahertie Wills Wilde. Muerte que le sobrevino a
los cuarenta y seis años a resultas de una enfermedad cerebral
provocada por una infección del oído. Las malas lenguas
aseguraron entonces que su muerte se debió a una afección
venérea. Esas misma lenguas infaustas llevaron, tres años
antes, al Wilde rebelde y liberal ante
la justicia que le encartó como autor de delito de sodomía
y trato sexual con jóvenes de su mismo sexo, siendo, por
ello, sentenciado a sufrir condena en la cárcel de Reading.
Eran entonces malos tiempos para las libertades
y, si Oscar Wilde algo ha encarnado ha sido precisamente eso, la
más pura libertad. Cáustico y sincero hasta la exasperación,
comprometido y valiente, consecuente e ingenioso hizo de su vida
una extraña y originalísima parodia de sí mismo.
Pero ante todo Oscar Wilde era artista y como tal pretendía
que se le recordara. No llegó nunca a concebir la existencia
sin el arte y de ahí que su vida se viera impregnada de color
y pose de artista. Su arte trascendía su obra narrativa,
se desbordaba por cada uno de sus poros, en cada gesto, en cada
afirmación y sentencia. Hizo de lo cotidiano arte, y del
arte algo absolutamente cotidiano, y ello, sin perder jamás
el necesario glamour con el que encandilaba a cuantos le leyeron
y escucharon.
Pero Oscar Wilde no fue sólo un figurín
con más o menos talento. La multiplicidad de sus facetas
como persona y como autor bien merecen ser consideradas y destacadas
en su plenitud. Se le ha considerado como autor vanguardista de
una decadencia literaria y social. Sus diálogos ingeniosos,
sus frases célebres y lapidarias, sus brillantísimos
juegos de palabras, y su ironía sin límites le granjearon
fama y rencores, admiración y odio aún mismo tiempo.
Fue un ateo que coqueteó con el catolicismo, aun cuando sólo
fuera por el hecho de enfrentarse, de tal guisa armado, al pietismo
hipócrita y bisoño de una Iglesia británica,
entonces, carente de sensibilidad y cargada de prejuicios. Aun cuando
su aproximación a la Iglesia de Roma lo fuera más
por reacción que por corazón, lo que nadie podrá
negar a este personaje de novela es su buen hacer y preocupación
desinteresada por los más desamparados, para quienes solía
encontrar tiempo y recursos con los que aliviar en algo sus penas.
Del Oscar Wilde autor se han de destacar de forma
obligada cuando menos tres de sus obras: "El
retrato de Dorian Grey", su única novela , "La
importancia de llamarse Ernesto" de soberano ingenio
y modelo extraordinario de pulcritud estilista y académica,
y el profundo y sentido "La balada de la
Cárcel de Reading", de un éxito sin precedentes.
Todo ello sin olvidar "De Profundis",
o su refinada producción poética.
OcioTotal
ha querido sumarse al reconocimiento expreso que el mundo de las
letras brinda a este irlandés excéntrico y genial.
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