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Fernando Iwasaki Cauti, nació en Lima
allá por el año 1961. Apenas con veinticinco años daba clase de
historia en la Universidad Católica Pontificia de Lima. Desde 1990
trabaja la Universidad de Sevilla, ciudad donde reside desde esas
fechas. Es autor o coautor de una decena de libros y editor de otro
más "Jornadas contadas a Montilla". Su obra se mueve dentro del
amplio campo del ensayo, sin embargo y de forma constante, se desliza
casi inconscientemente hacia la narrativa, en ocasiones crítica,
en ocasiones algo indolente. La claridad de sus propuestas editoriales,
la precisión del lenguaje, los circunloquios exquisitos y los juegos
de palabras son algunas de las técnicas mejor cuidadas de este autor,
y con las que ha sabido llegar a despertar el interés de sus lectores.
Sin embargo Iwasaki no es hoy por hoy
un escritor de masas, apenas si es conocido como se debiera ni tan
siquiera en su país natal o en su España de adopción. Ello no le
ha hecho desfallecer y cejar en su afán por transmitirnos su bagaje
literario. Ahora y tras el recopilatorio titulado "La caja de pan
duro", nos presenta, "El libro del mal amor",
una deliciosa novela, simpática por demás y llena de ideas frescas
con la que reflexionar y sonreir.
El libro del mal amor, relatado en primera
persona, tal y como lo hiciera Juan Ruiz, no es sino la historia,
ácida a veces, tierna otras y desternillante y disparatada siempre
de el más pintorésco don Juan. Pintoresco por su sentido de la conquista,
sus métodos y objetivos que se convierten en verdaderas campañas
en el que la argucia más alocada sirve para alcanzar la deseada
meta. El seducir a Tais, Carolina, Alicia, Alejandra o a cualquiera
de las damas de nuestro protagonista se convierte a la postre en
un ejercicio de transformismo ridículo y sin embargo muy esclarecedor
de la personalidad del seductor y de tantos y tantos seductores
queen el mundo han sido, son y serán.
Con "El Libro del mal amor" y de la
mano de Fernando Iwasaki, cruzaremos
el umbral de lo ridículo y empalagoso para adentrarnos en un mundo
cercano y evocador de cien batallas contadas y no vividas por el
hombre, animal seductor y fantasioso, de tal suerte que tal vez
alguno llegue a quitarse la pelusa rancia de historias que si bien
pudieron ocurrir lo cierto es que nunca ocurrieron, comprobando
tras la catarsis que no es tan grave mostrase tal y como uno es
sin añadidos ni invenciones. (Soñó el ciego que veía y eran las
ganas que tenía). Un cierto adios al mito del don Juan, entre la
suave sonrisa limeña y la gracia doliente del hombre andaluz.
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